Enero-Marzo 2004
No. 2 Año 1


Política
Las Bases Políticas del Activismo Partidario. Una Aproximación Teórica
Gaceta de Ciencia Política

Por Fernando Rodríguez Doval
Entrevista en Gente ITAM

Introducción

Los partidos políticos son organizaciones que producen bienes colectivos. Tales grupos siempre han representado un problema para la teoría de la organización, al surgir el dilema o paradoja de la participación, que nos dice que es irracional participar en cualquier actividad que genere un bien colectivo, ya que los esfuerzos individuales destinados a la consecución de dicho bien son mayores que el incremento marginal del mismo. A pesar de ello, millones de personas votan en las elecciones, y cientos de miles participan directa y activamente en los trabajos partidarios voluntarios.

En este trabajo se hará una aproximación teórica a las razones por las cuales los individuos participan en la política y, en concreto, en los partidos. Para ello, primeramente se analizará la discusión predominante en la Ciencia Política en lo que respecta a la participación política, comparándose las principales perspectivas para, después, proponer una hipótesis propia a partir de la premisa de que los individuos buscan obtener beneficios de sus acciones, aunque no siempre éstos sean materiales. A continuación, se disertará sobre el activismo partidario, definiéndolo a partir de la necesidad que los partidos políticos tienen de fuerza de trabajo voluntaria para realizar las diversas actividades propias de ellos. Después, se mencionarán los incentivos –colectivos y selectivos— que los líderes partidarios utilizan para obtener y contar con esa fuerza de trabajo. Finalmente, se propondrá una tipología de activistas partidarios –los cuales pueden ser ideológico-ortodoxos o pragmático-oportunistas— en relación con los incentivos a los que responden.

1. La participación política

¿Por qué la gente participa en política? Responder la anterior pregunta ha sido un intento constante de la Ciencia Política moderna desde el momento en que la participación política requiere recursos de diverso tipo que, por su misma naturaleza, son escasos, como tiempo, dinero o información y trae consigo diversos costos, sobre todo de oportunidad: el tiempo dedicado a una determinada actividad política deja de ser destinado a otra tarea. Además, implica la coordinación con otros actores y la organización de grupos. En esta sección compararé algunas respuestas que se han dado a esta pregunta, para, después, proponer una propia.

Desde una estricta perspectiva de un mero análisis costo - beneficio, no se encuentran demasiadas motivaciones para participar en política. Mancur Olson (1965), en su célebre obra La Lógica de la Acción Colectiva, sugiere que es irracional participar en cualquier actividad que busque alcanzar logros colectivos, ya que el esfuerzo de un individuo para conseguir dicho bien es más costoso que el incremento en el bien colectivo resultante de tal esfuerzo. Una persona racional, por lo tanto, no participará en la consecución de ningún bien que sea colectivo. A esta noción se le conoce como "La Paradoja de la Participación" (Whiteley, Seyd, Richardson, Bissell; 1993).

En la misma tónica, Anthony Downs (1957, capítulo 14) hace hincapié en la irracionalidad del acto de ir a votar, tal vez la forma más básica y común de participar en política: la probabilidad de que el voto de un individuo decida la elección es ínfima, mientras que para votar hay que invertir tiempo y obtener información sobre los candidatos, las plataformas partidarias, la ubicación de las casillas, etc.

A pesar de abordar el tema desde ángulos distintos -uno se enfoca en la pertinencia de la abstención debido a la muy baja probabilidad de que el voto pueda ser el decisivo para definir una elección mientras que otro estudia la naturaleza colectiva de ciertos bienes- tanto Downs como Olson llegan a la misma conclusión: es irracional participar en política.

Sin embargo, observamos que millones de personas votan en las elecciones y toman parte en diversos tipos de actividad política voluntaria. ¿A qué se debe esta participación?

Existe una explicación de tipo culturalista, cuyo máximo exponente es el ya clásico trabajo de Gabriel Almond y Sidney Verba (1963). La cultura es entendida por estos autores como una comunidad de valores. Después de estudiar a varios países -entre ellos México- Almond y Verba llegan a la conclusión de que existen varios tipos de culturas cívicas, unas más participativas que otras. La cultura más participativa es aquélla en la que los miembros de la sociedad tienden a estar explícitamente dirigidos hacia el sistema político como un todo y hacia sus estructuras y procesos económicos y administrativos. Los diversos individuos pertenecientes a esta cultura participativa pueden estar orientados favorable o desfavorablemente hacia las diversas clases de objetos políticos, pero nunca serán indiferentes. Así, la participación política está en función de la cultura de esa sociedad.

El problema con esta perspectiva académica es que no logra explicar los diversos cambios que se dan en las tasas de participación, por ejemplo, de una elección a otra: por definición, una cultura no cambia súbitamente sino después de muchos años, tal vez siglos, de lento desarrollo político. Por lo mismo, la explicación culturalista es profundamente determinista: los países participativos están condenados a ser exitosos, todo lo contrario a los que no lo son.

Contra esta visión han surgido otras, enfocadas en los cálculos racionales que hacen los individuos antes de tomar la decisión de participar. Tampoco éstas han estado exentas de desafíos, siendo tal vez el más evidente el no poder explicar la irracionalidad aparente del acto de ir a votar (turnout).

Riker y Ordeshook (1968) hacen frente a este problema al hablar de que existe una conciencia de "deber ciudadano", que se manifiesta en apoyar a la patria en tareas comunitarias y a su sistema político democrático. Así, el voto tiene componentes expresivos que poseen un valor per se, independientemente del resultado de la elección. El propio Downs (1957) señala que los individuos desean que permanezca el sistema democrático, de ahí que coadyuven a ello yendo a las urnas. Aldrich (1993) sostiene que el ir a votar es una decisión marginal con bajos costos y bajos beneficios esperados para la mayoría de los individuos, lo que provee una oportunidad a los líderes políticos y a los grupos para afectar esta participación a través de acciones estratégicas. Poiré (2000) encuentra para el caso de México que la participación electoral es una función positiva de las percepciones que los electores tienen del peso marginal de su sufragio en una elección.

Rosenstone y Hansen (1993) aseguran que los costos del activismo político, que sin duda existen, afectan a las diversas personas de diferente manera, dependiendo de sus recursos. Así, para gente con abundante dinero, tiempo, conocimiento, habilidades y sentido de la eficacia, los costos serán más pequeños y, como consecuencia, participarán más.(1)

¿Buscan las personas extraer algún tipo de beneficio de su participación política? Clark y Wilson (1961) sugieren una tipología que da una idea de la amplia variedad de los posibles beneficios de la participación. Según estos autores, además de los beneficios colectivos derivados de la consecución del bien, existen beneficios selectivos que incentivan la participación.

Clark y Wilson distinguen entre tres tipos de incentivos: materiales, solidarios y de propósito. Los incentivos materiales son recompensas tangibles que fácilmente se pueden traducir en dinero, empleos en el gobierno, viajes, negocios o favores de cualquier tipo hechos por la autoridad electa. Los incentivos solidarios son pagos intangibles que aparecen como resultado de la interacción social inherente a la participación política, como podría ser la amistad con personas que tienen similitudes con uno, la camaradería o hasta la diversión por participar en una actividad que es del gusto y agrado de quien la lleva a cabo. Y, por último, los incentivos de propósito son aquellos que derivan de los compromisos de la organización con unas ideas particulares, así como del acto mismo de participar, del sentimiento de satisfacción por haber contribuido a una causa noble y cumplido con un deber cívico.(2)

Schlozman, Verba y Brady (1995) hacen hincapié en que los beneficios intangibles -es decir, los solidarios y de propósito, usando la tipología de Clark y Wilson- son expresivos antes que instrumentales, y se derivan de la realización misma del acto, no de sus consecuencias. Señalan también que el deseo de afectar la política pública puede motivar la actividad.

Parece existir, pues, una mezcla de motivaciones que originan la participación política. Rosenstone y Hansen (1993, p. 20) señalan que las personas obtienen diferentes beneficios de la participación dependiendo de sus intereses, preferencias, identificaciones y creencias. Estos mismos autores aseguran que los líderes políticos juegan un papel determinante en la participación individual: no solamente los individuos acuden a la política, sino que a veces la política acude a los individuos.

Y es que las presiones competitivas de un sistema democrático animan a los líderes a movilizar a sus ciudadanos a participar; sin embargo, los líderes políticos no pueden movilizar a todos todo el tiempo por lo que sus cálculos estratégicos determinan quiénes participan: intentando obtener el mayor efecto con el menor esfuerzo, los políticos, candidatos, partidos, grupos de interés y activistas movilizarán a personas que sean conocidas, que estén bien situadas en redes sociales y que actúen de manera efectiva (Rosenstone y Hansen 1993, p. 33).

En suma, la participación política es resultado, por un lado, de las expectativas que los individuos tengan de los beneficios que pueden obtener; beneficios que, como ya se indicó, no solamente son materiales. Por otro lado, la participación política está en función de la interacción de los ciudadanos y los movilizadores políticos que los persuaden para que tomen parte en la actividad.

2. El activismo partidario

2.1 ¿Quiénes son los activistas partidarios?

El activismo partidario es una modalidad de la participación política. Desde el momento en que un partido político, a diferencia de otras organizaciones públicas, aspira al poder -Downs (1957, p. 25) define a un partido político como "un equipo buscando el control del aparato del gobierno ganando el cargo en una elección debidamente constituida"-, es de suponer que quienes militan activamente en un partido tengan ciertas motivaciones e incentivos a partir de la realidad de este hecho.

Los activistas partidarios son aquellos individuos que están afiliados a un partido, participan activamente en él -aunque el grado de esta participación pueda variar-, y lo sostienen a lo largo del tiempo, lo mismo en campañas electorales que en tiempo ordinario. Whiteley et al (1993, p. 79) definen a los miembros activos como la élite de medio nivel que está entre los votantes y quienes toman las decisiones en un partido, y que a diferencia de quienes pertenecen a un grupo de protesta sin influencia, los activistas partidarios tienen canales directos para acceder a los policy makers.

Duverger (1996, capítulo 2) subraya que la noción de miembro de un partido es el resultado de la evolución política ocasionada con el advenimiento del sufragio universal, a finales del siglo XIX y principios del XX, que ha conducido de los partidos de cuadros a los partidos de masas. Los miembros activos o militantes forman el núcleo de cada grupo de base del partido, sobre el que descansa su actividad esencial; aseguran su organización y su funcionamiento, desarrollan su propaganda y actividad general y se distinguen de los simpatizantes, los cuales se declaran favorables a las doctrinas del partido y le aportan en ocasiones su apoyo, pero permanecen fuera de su organización y de su comunidad.(3)

2.2 Los activistas como fuerza de trabajo en un partido

¿Por qué un partido necesita de activistas? Strom (1990) ofrece una respuesta basándose en los recursos de los que un partido se vale para llevar a cabo su actividad. Afirma que los líderes partidistas se ven en la necesidad de construir organizaciones que los ayuden a competir electoralmente asegurando información, movilización de los votantes y, una vez en el cargo, implementación de políticas. Estas organizaciones pueden ser construidas básicamente con dos insumos: capital y trabajo.

Los partidos intensivos en capital son aquellos que llegan a sus potenciales votantes por métodos que no envuelven contacto personal o el uso extensivo de la fuerza de trabajo, sino por medio de la tecnología mediática y de funcionarios y profesionales pagados que el partido requiere para las labores más sofisticadas y especializadas (publicistas, politólogos, mercadólogos, comunicólogos, asesores, etc.); un partido intensivo en capital, pues, requiere abundantes recursos financieros. Los partidos intensivos en trabajo, en cambio, se promueven mediante sus activistas y militantes, quienes colaboran de manera voluntaria y recibiendo compensaciones indirectas y no monetarias; un partido que es intensivo en trabajo requiere motivar a sus activistas para que sigan participando desinteresadamente con ellos.

Durante décadas, los partidos fueron fundamentalmente intensivos en trabajo: los militantes no pagados eran quienes sacaban adelante los diversos trabajos partidarios. En los últimos años, sin embargo, se ha reducido el trabajo y ha aumentado el capital. El desarrollo de nuevas tecnologías de información ha provocado que los partidos inviertan más en aquellos medios que los harán llegar a una gran masa del electorado, como pueden ser la televisión, la radio, el correo personalizado o Internet. Asimismo, el financiamiento público existente en muchos países -entre ellos México- hace que los partidos sean más propensos a convertirse en intensivos en capital.

Sin embargo, la sustitución de trabajo por capital no puede ser del todo completa: el costo de ser partido intensivo en capital sigue siendo muy alto, de ahí que los partidos tengan que seguir recurriendo, para ciertas tareas, a la fuerza de trabajo no pagada (Ware 1992, p. 75). Por ello, tienen que generar una serie de mecanismos que animen e incentiven a los militantes a participar lo más que sea posible en el partido; en estos mecanismos se establecen intercambios con los activistas que incluyen compensaciones indirectas, no monetarias, que pueden abarcar beneficios privados.

3. Los incentivos para el activismo partidario

Schlesinger (1994), siguiendo la argumentación de Olson (1965), afirma que un partido es un productor de bienes colectivos, por lo que se enfrenta al problema de que, dado que es un grupo grande, el esfuerzo de un participante para lograr el bien colectivo es mucho más costoso que el incremento marginal del mismo -que sería ganar la elección o implementar políticas- resultante de ese esfuerzo individual. Por lo tanto, la lógica olsoniana nos dice que ninguna persona racional participaría para lograr el bien colectivo.

Schlesinger resuelve este problema argumentando que quienes participan en un partido sólo con el fin de lograr el bien colectivo -o sea, los activistas que no ambicionan directamente ningún cargo ni retribución directa y personalizada- tienen poca información acerca de los costos y beneficios, siendo generalmente jóvenes e inexpertos amateurs; los que ambicionan algún cargo público -office seekers- son quienes reciben los beneficios privados, por lo que son esenciales para el desarrollo del partido como productor de bienes colectivos.

Pero un modelo racional estándar que sólo incluya beneficios instrumentales -como el de Schlesinger (1994)- es insuficiente para explicar con profundidad el activismo partidario. Como bien señala Greene (2002, capítulo 3), este tipo de modelos no toman en cuenta toda una clase de participación en un partido cuando las probabilidades de victoria son pocas y los costos muy altos, como es el caso de la formación y desarrollo de los partidos de oposición en los regímenes autoritarios de partido dominante.(4)

Ware (1992) asegura que el intercambio al que hace énfasis Strom (1990) no solamente tiene que incluir beneficios tangibles. Por el contrario, juegan un papel vital el altruismo, los incentivos de solidaridad, la lealtad y el hábito. De similar postura es Panebianco (1988), según el cual los líderes intercambian incentivos -colectivos y/o selectivos- por participación.

Así pues, es necesario desarrollar un modelo más general de beneficios que incentivan la participación, en este caso en un partido político.

Utilizando otra vez la tipología de Clark y Wilson (1961), pero complementándola con la de Panebianco (1988), propondré un modelo de incentivos partidarios, los cuales, desde esta perspectiva, pueden, básicamente, dividirse en dos tipos: colectivos -que pueden ser ideológicos o de solidaridad- y selectivos -que pueden ser materiales o de poder y status-.

3.1. Incentivos Colectivos

Los incentivos colectivos son aquellos beneficios que la organización distribuye a todos los participantes en la misma medida (Panebianco 1988, p. 40). Por medio de ellos, la organización se asegura la necesaria participación de sus miembros, ya que están estrechamente relacionados con la ideología de la organización y con los fines oficiales del partido.

Para Strom (1990), el activista ideal para un líder partidista es precisamente el que es altamente motivado por incentivos colectivos, siendo similar al votante típico en que su apoyo puede ser intercambiado. Pueden ser de dos clases: ideológicos o de solidaridad.

3.1.1 Incentivos Colectivos Ideológicos

En los incentivos colectivos ideológicos existe una identificación del individuo con la "causa" de la organización, de ahí que quiera participar en ella. Los militantes que responden a este tipo de incentivos son aquellos que tienen fuerte preferencia en políticas públicas y que participan en el partido porque lo consideran el instrumento más eficiente para conseguir que sus preferencias programáticas e ideológicas sean traducidas en políticas y acciones de gobierno. Asimismo, los incentivos colectivos ideológicos alientan la expresión de determinadas posturas.

Según Downs (1957), los partidos mantendrán posiciones ideológicas relativamente estables, ya que los votantes buscan minimizar su incertidumbre sobre futuras políticas y prefieren partidos consistentes y responsables.

Dentro de este tipo de incentivos entra el altruismo: los individuos pueden dedicar horas de su tiempo libre a participar en un partido por un sentimiento de deber moral para con su país y con sus compatriotas y, por supuesto, con la "causa noble" que el partido está persiguiendo.

Este tipo de incentivos está más presente en aquellos partidos que dan mucha relevancia a su doctrina o ideología que en aquellos que más bien se caracterizan por su oportunismo electoral. De esta manera, los pagos para quienes participan en un partido serán aquellos beneficios colectivos derivados del compromiso de la organización con determinadas políticas públicas; el liderazgo partidista promoverá ciertos valores ideológicos para atraerse la donación de quienes ven al partido como un medio para conseguir una causa noble. Sin embargo, señala Ware (1992) que una dificultad con los partidos que se basan en incentivos colectivos ideológicos -que él llama "de propósito"- radica en que los activistas no tienen garantía de que los líderes cumplirán con sus promesas una vez que lleguen al poder.

3.1.2 Incentivos Colectivos de Solidaridad

Los incentivos colectivos de solidaridad son aquellos que promueven la fraternidad entre los miembros de la organización, un "ambiente amigable" que los anime a participar.

El partido debe explotar su asociación con ciertos símbolos a los que ampliamente ha apelado para sostener redes sociales con nociones de obligación, debiendo mantener una estructura social que anime a los activistas a ser donadores (Ware 1992). Tiene que explotar los incentivos que promuevan la solidaridad entre sus miembros, la noción de hermandad, de camaradería, de pertenencia a una comunidad; así, los partidos que promueven intensamente este tipo de incentivos llevan a cabo una gran cantidad de tareas no políticas lo que, por otro lado, conlleva el riesgo de que la organización se transforme en algo similar a un club social.(5)

Sin embargo, este tipo de incentivos se tienen que fortalecer cuando el partido atraviesa circunstancias difíciles que pudieran motivar la deserción de sus miembros, dado que en ese caso el acceso al poder no es una posibilidad probable, lo que deja de lado un importante incentivo para la participación (como se verá a continuación).

Ware (1992) destaca que la secularización y otros cambios en los estilos de vida y de valores han erosionado las lealtades partidarias basadas en la solidaridad y provocado una declinación de este tipo de incentivos. Inglehart (2000) muestra cómo en los últimos años ha surgido un sentimiento de individualismo, y que los cambios en los valores respecto a lo que era aceptable para las interacciones sociales han hecho a los partidos menos atractivos como vehículos de socialización.

3.2 Incentivos Selectivos

Los incentivos selectivos son aquellos beneficios que la organización distribuye solamente a algunos partícipes y de modo desigual (Panebianco 1988, p. 40); son los retornos privados de la acción colectiva (Whiteley et al 1993, p. 84).

La compensación por medio de políticas y de beneficios solidarios que los líderes partidarios hacen a sus activistas puede ser insuficiente, ya que no todos los militantes participan por motivos meramente altruistas y colectivos, bien sean ideológicos o de solidaridad. Hay quienes, más bien, buscan extraer algún tipo de beneficios instrumentales (ver la siguiente sección).

Panebianco (1988, p. 41) señala que la teoría de los incentivos selectivos explica bastante bien el comportamiento de las élites que compiten entre sí dentro del partido por el control de los cargos, así como de los clientes que intercambian votos por beneficios materiales y de ciertos sectores de la militancia que pretenden ascender en su carrera.

En este modelo, los incentivos selectivos pueden ser materiales y de poder o status.

3.2.1 Incentivos Selectivos Materiales

Son aquellos incentivos que traen consigo una compensación directa a la participación. Son beneficios mensurables y tangibles, que se pueden traducir en empleos bien pagados en el partido o una vez que éste llegue al poder, cargos públicos, negocios a través de amistades, viajes de trabajo, o favores de cualquier tipo obtenidos por medio de la autoridad electa.

La mayoría de estos beneficios requieren que el partido esté en el poder. Como en el caso del clientelismo, donde un individuo intercambia recursos e influencia por apoyos de diversos tipos y servicios, derivan de relaciones de poder asimétricas entre desiguales.

Los activistas que responden a este tipo de incentivos suelen ser pragmáticos en términos ideológicos, y para ellos el activismo partidario es una inversión que hay que realizar si se desea una carrera política futura de la cual extraer esta clase de beneficios.

3.2.2 Incentivos Selectivos de Poder o Status

Al igual que los anteriores, también incluyen una compensación directa, aunque en este caso no es plenamente tangible o mensurable. Estos beneficios incluyen la notoriedad, la fama pública, el hecho de saberse importante y poderoso, de tener la capacidad de influir en la conducta de otras personas, de tener un status social y político superior.

Panebianco (1988) habla de la necesidad de encontrar un equilibrio entre incentivos selectivos e incentivos colectivos. Y es que si la organización distribuye demasiados incentivos selectivos y de una forma demasiado visible, resta credibilidad al mito de la organización; pero si se pone en exceso el acento sobre los incentivos colectivos, se compromete la continuidad de la misma.

Salvo en el caso de los incentivos colectivos de solidaridad, todos los demás están estrechamente relacionados con el acceso al poder. Y es que un partido, a diferencia de otro grupo de presión, busca el acceso al poder público, aunque las motivaciones de sus activistas sean diferentes. Así, habrá activistas que lo busquen por incentivos colectivos ideológicos, mientras que otros lo harán por incentivos de tipo material y de poder o status.

Habrá, pues, básicamente dos tipos de activistas partidarios, tal y como se verá en la siguiente sección.

En suma, la participación política en un partido -el activismo partidario- es motivada por diversos incentivos. Tanto incentivos colectivos como selectivos tienen una influencia significativa en el activismo partidario, los primeros para alimentar y garantizar las lealtades organizativas y en el funcionamiento mismo de la organización, y los segundos para satisfacer intereses individuales.

4. Tipos de Activistas Partidarios

Se han hecho diversas tipologías de los activistas con base en las motivaciones que los llevan a participar políticamente. Todas ellas resaltan los diferentes incentivos a que responden los activistas. Tomando elementos de dos de ellas -la de Panebianco (1988) y la de Greene (2002)- propondré una más subrayando que los activistas de un partido nunca están ajenos al deseo de alcanzar el poder; la diferencia, como se verá a continuación, es el motivo por el cual lo buscan y la prioridad que le dan a esa búsqueda.

Así pues, diré que hay básicamente dos tipos de activistas: los ideólogico-ortodoxos y los pragmático-oportunistas.(6)

4.1 Ideológico - ortodoxos

En la terminología de Panebianco (1988) serían los "creyentes", y en la de Greene (2002) los "message-seekers".(7) Son altamente ideológicos. Estos activistas persiguen metas programáticas a través de la presión política, quieren afectar las políticas públicas del gobierno buscando permear sus ideas a la sociedad. La participación de este tipo de activistas depende, básicamente, de incentivos colectivos ideológicos, aunque también de solidaridad.

Es el tipo de militantes que se halla más ligado a la lucha por la consecución a los fines oficiales del partido (Panebianco 1988). Buscan el poder, pero no a cualquier costa ni por cualquier razón, sino sólo para ver su causa convertida en acciones de gobierno.(8) De lo contrario, no les atrae en demasía el acceso inmediato al poder, sino que lo pueden llegar a ver como un riesgo. Observan con escepticismo y recelo el crecimiento incontrolado del partido, ya que puede acarrear problemas de cohesión ideológica y de oportunismo electoral; por lo mismo, buscarán imponer altas barreras de entrada a los nuevos militantes, a fin de asegurarse que estén comprometidos con los fines que el partido dice perseguir.

4.2 Pragmático - Oportunistas

En la terminología de Panebianco (1988) serían los "arribistas" y en la de Greene (1992) los "office-seekers". Son aquellos activistas ambiciosos que utilizan a los partidos políticos como instrumentos y vehículos de éxito para ganar un cargo público, para derivar rentas privadas asociadas con el prestigio, poder y notoriedad o para obtener algún tipo de beneficio material a partir de su activismo. Responden, pues, a incentivos selectivos.

Son flexibles y pragmáticos en términos ideológicos, y hacen un cálculo costo - beneficio a la hora de elegir al partido al que se afiliarán: lo harán a aquel que les garantice altas probabilidades de acceder a un puesto público o a un beneficio material tangible. No dudan en abandonar al partido cuando éste ya no les garantiza una retribución directa. El activismo político para ellos es una inversión que tienen que realizar para poder tener una carrera política permanente. En el caso de que sean candidatos a algún puesto de elección popular, estarán dispuestos a moverse de izquierda a derecha con tal de maximizar el número de votos que podrían obtener, así como hacer alianzas con diversos sectores y grupos sociales, incluso con aquellos que no sean completamente afines al partido.

Esta tipología no puede ser completamente dual o dicotómica: habrá activistas que tengan elementos tanto de los ideológico-ortodoxos como de los pragmático-oportunistas. Lo que aquí se propone es un modelo general.

Los ideológico-ortodoxos y los pragmático-oportunistas se encuentran en permanente tensión en su lucha por controlar el partido. En sus inicios, es de suponer que todo partido esté fuertemente compuesto por activistas ideológico-ortodoxos, que son los que le imprimen una identidad diferenciada, que responden a incentivos colectivos. Conforme el partido va creciendo y aumentando sus probabilidades de acceder al poder, los pragmático-oportunistas comenzarán a acercarse a él y a intentar controlar sus estructuras internas de poder, lo que ciertamente generará conflictos internos entre ambos grupos.(9)

Aún cuando los dos tipos de activistas buscan acceder al poder, parece ser más eficaz la estrategia de los pragmático-oportunistas, ya que los ideológico-ortodoxos tienen tendencia a crear partidos "nicho" altamente doctrinarios que pueden llegar a carecer de la capacidad de ganar elecciones nacionales (Greene 2002).

Conclusiones

En esta breve aproximación teórica se han analizado diversas perspectivas acerca de la participación política de los individuos, misma que merece ser explicada desde el momento en que es costosa y requiere tiempo, dinero, información y otro tipo de recursos, dando pie a un problema de acción colectiva, tal y como mencionan Olson (1965) y Schlesinger (1994).

Como se ha visto, los individuos participan en política por una serie de motivaciones, las cuales están en función, por un lado, de los beneficios que esperan obtener de esta participación, aún cuando estos beneficios no solamente sean materiales; y por otro lado, de la interacción entre los ciudadanos y los líderes partidistas que los persuaden para que tomen parte de la actividad.

El activismo partidario es una modalidad de la participación política, con la peculiaridad de que aquí se busca acceder al poder. Los militantes de un partido constituyen su fuerza de trabajo, de ahí que los líderes tengan que generar una serie de mecanismos que incentiven a sus activistas a participar lo más que sea posible en el partido. Hay básicamente dos tipos de incentivos: colectivos y selectivos. Los incentivos colectivos pueden ser ideológicos y de solidaridad; los incentivos selectivos pueden ser materiales y de poder o status. Para que el partido funcione de manera exitosa, debe encontrar un equilibrio entre los incentivos colectivos y los selectivos.

A partir de las motivaciones e incentivos que animan a los militantes a participar en un partido, podemos decir que hay dos tipos de activistas: los ideológico-ortodoxos y los pragmático-oportunistas. Los primeros persiguen metas programáticas e ideológicas, deseando alcanzar el poder pero solamente para ver su causa convertida en acciones de gobierno; los segundos son más ambiciosos y ven al partido como instrumento para obtener beneficios selectivos, siendo flexibles en términos ideológicos.

Es de esperar que, en sus inicios, todo partido tenga una importante mayoría de ideológico-ortodoxos y que, conforme aumentan sus probabilidades de llegar al poder, se produzca la entrada masiva de los pragmático-oportunistas, lo cual generará tensiones internas entre ambos grupos por hacerse del control del partido.

Referencias

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Almond, Gabriel, y Sidney Verba (1963). The Civic Culture. Princeton: Princeton University Press.
Clark, Peter B. y James Q. Wilson (1961). "Incentives Systems: A Theory of Organization", Administrative Science Quaterly 6: 129-166.
Downs, Anthony (1957). An Economic Theory of Democracy. New York: Harper and Row.
Duverger, Maurice (1996). Los Partidos Políticos. México: Fondo de Cultura Económica, Tercera Edición.
Greene, Kenneth (2002). Defeating Dominance: Opposition Party Building and Democratization in Mexico. Tesis Doctoral en Ciencia Política, Universidad de California, Berkeley.
Inglehart, Ronald (2000). Modernización y posmodernización. El cambio cultural, económico y político en 43 sociedades. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
Olson, Mancur (1965). The Logic of Collective Action. Cambridge: Harvard University Press.
Panebianco, Angelo (1988). Modelos de Partido. Madrid: Alianza Universidad.
Poiré, Alejandro (2000). Turnout as a Rationally Carelless Investment Decision: An Application to the Mexican Case in 1994. Working Papers in Political Science 2000-04. ITAM.
Riker, William H., y Peter C. Ordeshook (1968), "A Theory of the Calculus of Voting.", American Political Science Review 62: 25-43
Rosenstone, Steven J. y John Mark Hansen (1993), Mobilization, Participation, and Democracy in America, New York: Macmillan Publishing Company.
Schlesinger, Joseph A. (1994). Political Parties and the Winning of Office. Michigan: The University of Michigan Press.
Schlozman, Kay Lehman, Sidney Verba y Henry E. Brady (1995). "Participation´s Not a Paradox: The View from American Activists", British Journal of Political Science 25: 1-36.
Strom, Kaare. (1990). "A Behavioral Theory of Competitive Political Parties", American Journal of Political Science 34: 565-598.
Ware, Alan (1992), "Activist - Leader Relations and the Structure of Political Parties: Exchange Models and Vote-Seeking Behavior in Parties", British Journal of Political Science 22, 71-92.
Whiteley, Paul F., Patrick Seyd, Jeremy Richardson, Paul Bissell (1993). "Explaining Party Activism: The Case of the British Conservative Party", British Journal of Political Science 24, 79-94.

Notas

(1) Sentido de la eficacia significa, para Rosenstone y Hansen, el sentimiento de que la actividad política propia puede tener influencia en lo que el gobierno actualmente está haciendo, de que no es una causa perdida la que uno está buscando.
(2) Volveremos a esta clasificación de beneficios e incentivos en el apartado correspondiente a la participación partidaria.
(3) Maurice Duverger hace una interesante, aunque hoy en día obsoleta, diferenciación entre partidos que él llama "totalitarios" y partidos "especializados". Los totalitarios serían aquellos cuya militancia vive por y para el partido; el partido para estos activistas es una parte esencial de su vida y encuadra todas sus actividades (profesión, deporte, ocios, cultura, etc.). Ejemplos de estos partidos totalitarios son los comunistas y fascistas. En cambio, los miembros de los partidos especializados dedican poco tiempo a la organización y su participación conserva un carácter puramente político, sin salirse de ese campo muy limitado. (Véase Duverger 1996, p. 146).
(4) Greene (2002) argumenta que si el activismo fuera puramente instrumental y dirigido a ganar elecciones y obtener cargos públicos, entonces nadie se afiliaría a un partido de oposición. Consecuentemente, no existirían este tipo de partidos y los sistemas autoritarios de partido dominante se transformarían en sistemas permanentes de un solo partido sin posibilidad alguna de cambio endógeno.
(5) Duverger (1996) habla de algunos partidos socialistas europeos del siglo XX en el que sus militantes se reunían en tabernas del partido a convivir entre ellos; solían entablar relaciones familiares unos con otros y pasaban mucho tiempo juntos tanto en el partido como en el sindicato. En otras ocasiones, las ramas juveniles de los partidos funcionan como mecanismo para atraer jóvenes a cambio de garantizarles un grupo de amigos con los que puedan obtener diversiones y entretenimientos.
(6) Esta terminología no contiene elementos laudatorios ni peyorativos, sino meramente descriptivos.
(7) Sin embargo, Greene no considera que este tipo de activistas tengan ambiciones por el cargo, a diferencia de lo que aquí se propone.
(8) Un ejemplo claro de ello es cuando Felipe Calderón Hinojosa, destacado militante del mexicano Partido Acción Nacional, usó como lema de campaña cuando buscaba el liderazgo partidista la siguiente frase: "Ganar el poder sin perder el partido".
(9) Esto no aplica para los partidos que nacen desde el poder, como en el caso del PRI mexicano, donde podría observarse una tendencia a la inversa en el mediano plazo, es decir, un declive de los pragmático-oportunistas y el mantenimiento únicamente de los ideológico-ortodoxos.

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